Jaume Cabré

Jaume Cabré

Comentarios - Vicenç Pagès

Hay autores capaces de componer un solo de oboe que pone la piel de gallina durante quince segundos. Otros, muchos menos, sobresalen a la hora de ofrecer una pieza de cámara donde los violines establecen un diálogo apasionado y riguroso con el contrabajo. Sin embargo, escasean los autores que, como Jaume Cabré, son capaces de enfrentarse con éxito a una sinfonía. Porque Les veus del Pamano es una sinfonía. No tanto en el sentido del tempo o de los movimientos, sino en el uso de diferentes instrumentos o, mejor dicho, de grupos de instrumentos que confluyen de manera armoniosa en un texto que es preciso adjetivar, ahora cambiando de género musical, de polifónico.

En efecto: bajo la batuta de Jaume Cabré se solapan dos voces: la primera, orquestal, que serpentea a través de la guerra civil y sus inmediaciones; la segunda, situada en la actualidad, que busca la primera, confluye con ella y se separa para reunirse otra vez más adelante. Un pianista virtuoso en diálogo permanente con la complejidad de la orquesta. La orquesta ... Hablemos de la orquesta. Cabe mencionar, por ejemplo, el violonchelo que interpreta la música triste del maestro de pueblo de posguerra, los violines que coinciden en el amor correspondido, el contrabajo siniestro del falangismo sin complejos, el flautín de las convenciones farisaicas, los fagotes del contrabando antiguo, las flautas sibilinas de las maniobras religiosas; los trombones del caciquismo, las trompetas de los orgasmos, la tuba de la muerte, y aún, los timbales del maquis, y el último, el triángulo del gato, personaje empático y ligerísimo.

Les veus del Pamano asume con humildad, pero también con coraje, la herencia de la novela del siglo diecinueve, y añade un poco de contemporaneidad. Para empezar, ocurren hechos, y hechos de gran tradición novelesca, como adulterios y asesinatos. El peso de la intriga recae sobre Oriol Fontelles, un personaje con claroscuros; mejor dicho: uno de los personajes más paradójicos que pueden encontrarse en la literatura catalana reciente, que se perfila con cautela en la mente del lector. La reversibilidad entre el traidor y el héroe, un tema muy querido por Borges, podría ser un subtema del libro. Pero ya hemos hablado de la herencia de la novela clásica: cuando Jaume Cabré plantea un problema, no es para dejar que el lector lo resuelva a su manera, con esa irresponsabilidad tan fácil de la opera aperta, es decir, inacabada, irresuelta, abandonada. Hace veinticinco siglos que Aristóteles señaló que son muchos los autores que saben anudar, pero pocos los que dominan el arte del desenlace. Pues bien: en Les veus del Pamano no quedan cabos suletos, sino que todas las sinuosidades de la trama están perfectamente preparadas y ejecutadas. El lector se siente cómodo siguiendo un itinerario organizado hasta los últimos detalles, no dejado de la mano del autor en la selva de la ficción con provisiones para cuatro días y un pergamino roído por la carcoma. Si en Les veus del Pamano hay diferentes versiones de unos mismos hechos es para aumentar la intriga, no para enmarañar la historia caprichosamente: al final, queda una sola versión porque las cosas suceden de una sola manera y no hay nada más relativo, en este centenario de Albert Einstein, que la relatividad. Cabré dosifica la información, prepara con cuidado las escenas más memorables, despliega la trama con sabiduría artesanal y, para asegurarse el acierto, incorpora elementos de la novela popular, como un manuscrito encontrado o un hijo perdido; o si lo prefieren, un hijo reencontrado con otros apellidos. Pero en Les veus del Pamano también hay rastros de la novela del siglo veinte: sintagmas que se repiten de forma invariable cuando aparece un determinado personaje, como un sortilegio o un estigma; el golpe de efecto de iniciar la novela la por el final, el distanciamiento respecto de algunos personajes, como si al autor le fatigase mantener en suspenso su propia incredulidad.

Vicenç Pagès. (Presentación del Premio de la Crítica en el Palau Robert. Barcelona 2005)