A menudo el autor no sabe definir con exactitud qué mecanismo le ha llevado a destacarlo y a considerarlo una revelación –por eso Carner habla de la "palabra dada" o René Clair escribe que "el inicio de una historia, como el primer verso de que habla Valéry, es un don del cielo "– ni, quizás, sabría describir esta revelación más allá de esa" mezcla de sentimientos "de que habla Jaume Cabré. Pero el artista sabe que en el desarrollo argumental de ese núcleo hay una simultánea revelación de su sentido, y quizás por eso los autores, como hace Jaume Cabré o como hace Miguel de Unamuno, advierten que se ponen a escribir sin saber exactamente a dónde los llevará aquel relato, como lo desarrollarán y como lo terminarán. Porque, de hecho, el argumento de una novela es la piel de una sensación compleja que irá adquiriendo progresivamente precisión y grosor. Y el argumento se adapta. Porque el artista no habla de las cosas sino en-las-cosas. Y por eso las cosas o el argumento son el instrumento –dúctilment acomodado a su función-- del sentido.
(...)El espacio en el que todo esto sucede es óptimo para entenderlo: el de finales del siglo XVIII. Y no sólo porque es una época que hace del maquillaje –el artificio y las formas– el sucedáneo de la identidad, sino sobre todo porque es un mundo que, como el protagonista, está sentenciado. La novela se sitúa en los últimos meses de 1799 como símbolo del fin de un siglo y el nacimiento de una nueva era. De hecho, ningún momento histórico ha sido tan radical y determinante para el futuro de las sociedades europeas como el del paso del siglo XVIII al siglo XIX: es el momento en que se van extendiendo los frutos de la Revolución francesa que marca el hundimiento del antiguo régimen - la organización social basada en los privilegios de sangre - y el nacimiento de una sociedad basada en el principio de igualdad entre todos los hombres y que creía que ser libre era una condición irrenunciable de la dignidad humana. Es el momento también en que la ventada revolucionaria se llevará irremediablemente el armatoste clasicista y dará paso, con una fuerza incontenible, a la autenticidad y a la libertad románticas en las artes.
(...)Lo que el lector encontrará en Senyoria es, mucho más que una impecable tipificación de una época, la experiencia del acorralamiento y de la destrucción de un hombre culpable que, como una rata de alcantarilla, intentará escabullirse de los peligros pero que acabará finalmente aplastado. El lector encontrará, pues, todo el proceso que conduce de la prepotencia y el desprecio a la humillación y la derrota: el destronamiento de un personaje, no debido a la fuerza de alguien que le arrebata la corona sino a la podredumbre del setial que lo sustenta. Y encontrará, sobre todo, la experiencia de sentir tambalearse y finalmente caerse humillado e indefenso a los pies de sus enemigos, en la angustia del deshonor y la vergüenza. Desde dentro de la experiencia.
Y eso hace que Rafael Massó sea objeto tanto de nuestro desprecio como de nuestra piedad. Y eso hace que este protagonista no sea sólo un síntoma sino también un personaje complejo - redondo diría Forster - al que reconocemos como alguien que es de nuestra misma naturaleza. Su experiencia –"Madame Bovary c'est moi", decía Flaubert que no era ni mujer, ni adúltera, ni provinciana– es también la nuestra.
Del Prólogo a Senyoria en la edición 'Biblioteca Jaume Cabré' Ed. Proa Barcelona 1999